Este es el blog de algunos de nuestros últimos viajes (principalmente, de los largos). Es la versión de bolsillo de los extensos relatos, que se encuentran en la web, que se enlaza a la derecha. Cualquier consulta o denuncia de contenidos inadecuados, ofensivos o ilegales, que encontréis en los comentarios publicados en los posts, se ruega sean enviadas, a losviajesdeeva@gmail.com.

domingo, 4 de enero de 2026

Del Templo del Cielo, al viaje a Datong

 


        Nos quedan dos días , en Pekín, uno entero y el otro con los bultos a cuestas, a entretenerlo hasta media noche, hora mágica, en la que partiremos para Datong.

          Madrugamos menos, que ayer y no pisamos las calles hasta las once de la mañana. La mayoría de ellas siguen en un estado lamentable, debido a los demoledores efectos de la nieve. Y eso, que hoy luce el sol y el cielo está azul, como si nada hubiera ocurrido.

 


        Tras comernos un par de helados cada uno para desayunar, nos encaminamos hacia el complejo del Templo del Cielo, que está abarrotado de visitantes nacionales, de nieve y de peligroso hielo, sobre todo, en algunas de las varias escaleras asesinas.

          Hay dos precios: uno más barato para acceder al parque y otro para visitar los demás templos y el resto de edificios religiosos o logísticos. El más famoso es, el que consta  de tres pisos en forma circular y con tejado cónico. Además, existen un grupo de pabellones, en los que se exhiben numerosos restos arqueológicos y escultóricos.

 


        Desde Qianmen es sencillo -hoy no, claro-, acceder hasta el Templo del Cielo y la única dificultad viene, porque se debe retroceder un poco para atravesar por uno de los dos pasos elevados existentes, donde nuestros pies se entierran en la blanca nieve. El camino se lleva a cabo en una media hora. Quizás menos, en un día normal.

          Regresamos y nos empapamos  del barrio de Qianmen, de casi todas sus espléndidas calles y de sus bellos edificios, que suelen ser restaurantes, tiendas y lugares oficiales. Seguimos degustando té y dulces -los primeros exquisitos, los segundos vulgares-, antes de recogernos en el hotel.


          Empieza nuestro último día en Beijing con los deberes hechos. Apuramos nuestros paseos por Qianmen y sobre las dos, tomamos el metro. Debemos hacer seis estaciones, un transbordo y después, otras tantas. A diferencia de Shanghái, aquí se puede pagar con dinero en efectivo y es un alivio.

          Como en 2009, no visitaremos el bonito Palacio de Verano -hemos visto muchas fotos de él-, porque está lejísimos y las combinaciones de metro y otros transportes resultan un auténtico galimatías.

 


        Llegamos a la estación de Fengtai, tan grande y funcional, como fea. Con las ventanillas a medio gas, compramos  sin problemas los billetes para Datong, en asiento duro (51,5 yuanes).

          La zona está llena de restaurantes y tiendas, y a pesar de ser domingo al mediodía, se encuentra  muy animada. Pero aquí, hay bastante más nieve en el asfalto, que en el centro.

Hablar y el dinero, dos cosas trascendentales, en China

 


        China  es el país del mundo en el que más se habla y no solo por parte de la generalidad de los gritones chin@s. Todo objeto o servicio, que se precie, se expresa constantemente: desde la escalera mecánica del metro, a los trenes, pasando por cuando introduces la tarjeta electrónica al ingresar a tu habitación. Caso especial es el de todas las tiendas de lo que sea, que cuentan  con unos altavoces modernos, donde graban mensajes cortos y repetitivos con voces femeninas estridentes y agudas. Y, por supuesto, también hablan los cacharros de control de la policía o de los accesos en las colas de los monumentos, o los robots que sirven comida y hasta un perro mecánico de color gris metálico, que vimos en Pekín. ¡Menudo animalito de compañía!.

          El andar de los chinos es casi siempre en linea recta. Y no tienen ningún problema en llevarte de por medio, si te encuentras en el camino de sus pies.

 


        Una cosa, que hemos visto con la nevada -aunque también lo usaron  con arena y otros materiales moldeables- y que está muy de moda son los moldes. Los hemos visto de casi todo: patos, bolas, conejos, corazones, Mickey Mouse... Desde el día de la nevada habremos observado más de un millón en las calles de Pekín y de Datong y seguiremos contemplándolos, porque las secuelas de la nieve, van para rato.

          Como ya constatamos en 2009, como la mayoría de lus chin@s  no tienen un pie muy grande, las escaleras son más estrechas, que las europeas y para nosotros son una pequeña tortura.

 


        Y, dejó para el final, el tema del dinero. Los chinos son unos maestros  en sacarte los cuartos y no tienen remordimiento o arrepentimiento a la hora de hacerlo.Por ello, salvo los baños públicos y unos escasos templos de culto, todo cuesta dinero. Desde acceder a un parque, hasta visitar un casco histórico habitado, al estilo nepalí. Con la diferencia, de que estos últimos solo controlan uno o dos accesos y de los chinos no te escapas.

           No solo los taponan todos, sino que recurrirán a material forestal o de cualquier otro tipo, que tapen todas las rendijas y no veas nada desde fuera.

 


        Salvo para cosas gordas, los precios no suelen ser muy caros, pero el goteo es tal, que el bolsillo termina bastante resentido. Diez yuanes por aquí, quince por allá, precios distintos en temporada alta y baja... 

          Además, son unos maestros del despiece y por tanto te cobran por partes: un complejo turístico, un monumento o cualquier cosa, que sea divisible (casi todo)

          Imaginemos, que llegan los chinos y compran la catedral de Milán. La rodearían de árboles, matorrales y demás y te cobrarían por visitarla por fuera. Y, ya por dentro, harían varias particiones, cada una con su precio. El ábside 1€, el altar 2€, la portada 3€...

 


        Finalmente, también establecerían  un precio global, pero en ningún caso sería menor, como es habitual en el resto del mundo, a la suma de todas las partes.

          Mis explicaciones pueden ser un poquito exageradas, pero lo expongo así, para que se entienda.

          

El día de la gran nevada, en Pekin

 


          Es viernes, 11 de diciembre y ha amanecido con el cielo muy negro y con el inicio de una ola de frío, que durará varios días. Son las diez de la mañana, cuando nos incorporamos a las calles. Descartado volver a la Ciudad Prohibida - no nos gustó demasiado la otra vez-, hoy llevaremos a cabo el gran tour de Pekín, caminando. 

          Son las diez y media, cuando comienza a nevar y salvo a intervalos cortos, ya no lo dejará en todo el día. Tomamos la tercera paralela a la derecha de Tianamen y aun así, nos topamos con un control policial a la ida y a la vuelta. ¡Esto supone dar un gran rodeo!.

 


        Llegamos a la Ciudad Prohibida y la rodeamos parcialmente. Hacemos lo mismo con Jinsan, esa colina con un par de templos y con las vistas más  bonitas del centro de la ciudad, aunque, evidentemente, hoy no es el día para contemplar nada.

          Ahora toca recorrer bellas calles comerciales tradicionales. A las lados se asientan los memorables hutongs, unos han sido reformados y otros no. Es muy hermoso ver los serpenteantes tejados chinos llenos de nieve, pero el caminar se va haciendo cada vez más difícil, porque la nieve se va convirtiendo en hielo. 


          Llegamos hasta las emblemáticas torres del Tambor y la Campana, con mucha historia detrás. No debimos haberlo hecho, porque son cuarenta minutos de ida y otros tantos de vuelta, pero somos muy cabezotas y no paramos hasta llegar al Templo de los Lamas, que es impresionante y ya está completamente blanco y nosotros sin paraguas.
  Por las calles de los alrededores dominan las tiendas chinas más genuinas.

          Hemos tardado tres horas y media en venir hasta aquí. Los treinta minutos a mayores, los hemos perdido en el Banco de China, cambiando dinero, sin nadie en la cola, pero con más de veinte trámites. Las aceras ya están casi intransitables. El termómetro marca tres bajo cero. Llevamos hasta cuatro capas de ropa, gorro y bufanda, pero nuestras manos y pies están congelados.

 


        La vuelta es tediosa y larguísima y es seguro, que llegaremos de noche. Por el camino vemos hasta seis accidentes de motos. Hay, que ser inconsciente para cogerla con estas condiciones climatológicas. Nos zampamos dos helados enormes cada uno, en una heladería, que ya habíamos visto y usado en Vietnam e Indonesia. Evidentemente, no se deshacen y no debes rechupetear el cono a cada rato.

          Empezamos a ver las primeras máquinas, que van detrás de operarios, que manualmente van picando el hielo de las calles más concurridas, pero el desborde es monumental. Milagrosamente, no nos caemos al suelo, aunque amagos no nos faltan. Vamos cogiditos del brazo o de la mano, como cuando éramos novios. Surgen voluntarios, que acumulan la nieve en la base de los árboles.


          Llegamos a la ancha calle peatonal, donde hace diecisiete años, ponían el mercado de insectos y bichos exóticos. Parece ser, que ha desaparecido, bien por temporada invernal o bien permanentemente, porque nuestra pésima Lonely Planet de 2025, no habla de él. Tampoco existe ya un patio de comidas subterráneo, donde entonces se servían platos más apetitosos y elaborados.

          Son más de las seis y media de la tarde, cuando llegamos al hotel, totalmente exhaustos. Por las calles comerciales no circula casi nadie y ya vamos por cinco bajo cero.

          Pensábamos irnos a Datong mañana por la noche, pero estamos tan a gusto en el hotel y tenemos tanta pereza, que lo retrasamos hasta el domingo. Mañana iremos al complejo del Templo del Cielo.

sábado, 3 de enero de 2026

Perdidos en los hutongs de Pekín

  


        La verdad es, que nos ha sentado fatal lo de la tiranía, en Tiananmen. Estamos, a la vez, iracundos y depres, por añadir uno más, a los numerosos problemas, que estamos padeciendo estos días. Deberíamos habernos preparado algo más, para viajar a una dictadura. Y además, llegamos a la conclusión, de que si tuviéramos la posibilidad de cambiar el vuelo para mañana, nos iríamos ya .

          Nos vamos a buscar un hotel, que hemos visto en Booking en el turístico barrio, de Qianmen, justo al lado de la Plaza. Ha cambiado mucho desde el 2009. Entonces, era solo la calle del mismo nombre -donde han construido un tranvia- y tres o cuatro peatonales más. El resto eran viejos hutongs limpios pero decadentes y con habitantes muy humildes.

 


        Ahora, se ha convertido en el mayor China Town mundial, ubicado dentro de la propia China. En definitiva, una macro feria. En cada comercio hay un megáfono desde donde se repite constantemente el mismo mensaje. Y, donde se vende todo a caros precios (incluido té de sabores a 150 euros el kilo).

          Suponemos, que a los viejos propietarios de esta zona , les dieron un pisito en las afueras a cambio de su terreno, lo tiraron casi todo y han levantado este macro circo. Pero no se puede negar, que les ha quedado chulísimo.

 


      De camino, vamos preguntado en otros alojamientos, pero se nos salen, claramente de presupuesto. Por fin, llegamos al elegido y quedamos maravillados por la decoración de la recepción, con un gato y un pacífico perro presidiendo la escena. Por solo 60 yuanes  más, que en Shanghái nos entregan la habitación perfecta: una cama doble y otra individual, baño completo, calefacción/aire, nevera -no necesaria, con noches a doce grados bajo cero- y hervidor de agua, además de una ubicación perfecta, en la calle Dazhalan.

          Es la una de la tarde y nos quedan cuatro horas de luz natural. A nosotros, entrar en la Plaza nos da igual, porque la cruzamos miles de veces en el 2009. Lo que nos preocupa es, saber, como evitarla y poder llegar al otro lado donde se encuentran los mayores atractivos de la ciudad.

 


        Tiramos hacia el lado izquierdo de Tianamen,pero no es una buena idea. Nos encontramos con controles y más controles por todas partes y por supuesto, a la Plaza no entras sin el puñetero QR. Nos van desviando de un sitio a otro y al final acabamos  en unos entrañables, acogedores y reposados hutongs, donde la gente lleva a cabo su vida cotidiana, sin hacernos demasiado caso. Tanto nos gustan, tan cómodos nos sentimos y tantas vueltas damos, que nos terminemos perdiendo, poniéndonos nerviosos  -google Maps no funciona en China- porque solo queda una hora para anochecer y porque como era previsible, los lugareños no nos entienden. Al final, nos salva un policía de uno de los controles, algo más amable,que el común de ellos.

 


        El paseo por Qianmen de noche es agradable y nos ponemos hasta el gorro de vasitos de té de sabores, que nos ofrecen como degustación y como cebo.

          Las apps del tiempo -que si funcionan-, dan una fortísima nevada para mañana. Ya veremos, a ver , que ocurre, pero expectantes estamos .

Tiranía en Tiananmen

 


         Afortunadamente, los asientos duros de los trenes chinos no son los mismos, que en 2009. Entonces eran una auténtica tortura y te salía más a cuenta dormir tirado en el suelo, aunque fuera entre dos vagones. La cosa era tal, que solo hicimos un Xi'am -Beijing de esta manera y para el posterior viaje nos rascamos el bolsillo y reservamos en las literas duras.

          Ahora, no son excesivamente confortables, pero se puede pasar la noche sin agobios, ni dramas.

          Partimos en punto y sorprendentemente el convoy va casi vacío, al menos en nuestra clase, algo impensable hace 17 años. Entonces había máquinas de agua caliente para sopas y/o cafés, pero las han sustituido por un vagón bar.


          Al principio, el tren lleva a cabo numerosas paradas, que el revisor va gritando de punta a punta del vagón. Más tarde, coge ritmo.

          Como hay bastantes asientos libres, me tumbo en la parte derecha, donde son de tres plazas y mi pareja se queda en las de dos de la izquierda. No vuelvo a saber más del viaje, hasta que una hora antes de llegar a Beijing, el pica nos despierta y hace muy bien, porque llegamos a una ciudad, donde suben cientos de personas, que probablemente, van a estudiar o trabajar a la capital.

          Llegamos solo diez minutos tarde. La estación central no está muy colapsada y logramos salir de ella sin bajar ni subir un solo escalón o escaleras mecánicas (solo rampas). Iremos andando, hasta Tiananmen, porque no está demasiado lejos y es una ciudad menos caótica, que Shanghái.

          El choque climatológico es demoledor. Ayer a estas horas estábamos a 15 grados y hoy, a menos dos. Llegamos a un lugar donde hay una cola tremenda, para darnos cuenta, de que primero, existe un control de documentación y después otro, donde presentar el QR con la entrada a la mítica y demoníaca Plaza. Estamos descolocados.

 


        A los polis de los check points, les han puesto traductores en los teléfonos. Mi pareja le pregunta a uno de ellos, que podemos hacer y el hijo de puta responde: "no se puede entrar a la plaza sin QR, así, que volved a aquel semáforo y seguid el camino que queráis, basura". Pero, bueno: ¿Por qué nos insulta este imbécil de mierda?.

          Creedme, si os digo, que no existe una puñetera forma de entrar en Tiananmen sin el maldito QR. Hay controles en las dos calles posteriores a cada uno de los cuatro lados de la Plaza. Y, ya no es , que no te dejen acceder, sino, que debes dar muchas vueltas para ir a otras partes, como la Ciudad Prohibida, las torres del Tambor y la Campana, el Templo de los Lamas o hutongs muy chulos.

          Para más inri, los controles son móviles, lo que causa mayores molestias y los maderos no muestran una actitud amistosa.


          Nos sorprende, aún más, que también haya vigilancia en los accesos al barrio colindante de Qianmen, quizás, el más turístico de toda China. ¿Que van buscando, exactamente?.

          No sabemos, desde cuándo se ejerce este control en la Plaza y la necesidad de una entrada, desconociendo, si es de pago o no. Las razones pueden ser económicas o estar más relacionadas con motivos políticos. El proceso de obtención del maldito QR es difícil para los no chinos, debiéndose gestionar a través de la red social webchat. Hay agencias, que se dedican, ademas de la excursión a la Gran Muralla y otras, a obtener para ti el pase a la Plaza. También te lo pueden gestionar en tu hotel.

          En 2009 la Plaza era totalmente transitable y la recorrimos mil veces.

          Nota: hoy sabemos, que entrar es gratis.

Internet: la otra gran muralla china

  


        Antes de partir para China leíamos en muchos comentarios de los hoteles, que el wifi funciona bastante mal en la mayoría de ellos. Esta afirmación es un gran error, porque lo que carbura mal en China no son los esmerados hosteleros, sino su tirano gobierno.

          Vayamos por partes. Como ya dijimos en otro post, al aterrizar en Shanghái, quisimos comprar una SIM local. Nos parecieron caras y decidimos esperar a la ciudad, pero en ella no encontramos ninguna. Nos arrepentiríamos de nuestra decisión, pero ahora estamos tan contentos, por lo que explicaremos más adelante.

          Nuestro primer wifi lo tuvimos en el hotel de Shanghái y efectivamente, parecía no ir bien. No nos dejaba hacer búsquedas en Google, ni entrar en el correo -gmail-, ni acceder al Whatsapp, entre otros bastantes  sitios. Pero si nos permitía manejar la mayoría de aplicaciones -trabber, Spotify, app de trenes chinos- y hacer rastreos por internet desde webs favoritas. Podíamos entrar en el Diario.es, el Plural, el Norte de Castilla y el As, aunque no en el País.

   


      Dejamos el buscador de Google y tiramos de un favorito cualquiera. Empezamos a meter palabras escritas  al azar y siempre se nos redireccionaba a un buscador chino, llamado Sogou.

          Evidentemente, nunca nos llevaba a donde queríamos, porque la herramienta no está preparada para encontrar cosas en español.

          Nos pareció todo rarísimo, hasta que recordamos un encuentro en Esaouira con unos españoles, que habían viajado a Cuba y les había pasado algo parecido. Eso, que ocurre allí, es lo mismo, que pasa aquí: censura por parte gubernamental de lo que les de la gana. A ellos, el problema se lo resolvieron los propios habitantes de la isla con un cambio  de VPN, pero nosotros no tenemos ni idea, de como se hace eso y si aquí es posible. Después de haber vuelto a España hemos descubierto, que la autoridades chinas también tienen este tema controlado.

 


        Con los contenidos censurados, el problema no es de los wifis hoteleros. Probablemente y habiendo comprado una SIM con número chino, nos hubiera pasado exactamente lo mismo y habríamos tirado el dinero y la paciencia.

          Nos pusimos a investigar con nuestros escasos medios y descubrimos, que todas las variantes de Google -maps, blogger, Gmail...- están castradas y bloqueadas. Podrías entrar con los datos móviles de tu teléfono español, pero la ruina sería segura. También está prohibido WhatsApp y las redes sociales, X, Facebook, Instagram y YouTube, además de muchos medios de comunicación internacionales.

   


      Booking funciona a medias. Te deja hacer búsquedas, pero para reservar debes tener un teléfono chino y un correo, que no sea Gmail, porque te mandan una verificación, que no puedes abrir.

          Buscamos en Sogou Google, que sale bloqueado. Solo deja clicar en el dominio de Hong Kong, pero cuando lo pinchas, da error. Si pones Yahoo, te indican, que está bloqueado desde 2021.

          ¿Y que estamos haciendo?. Lo que podemos, que no es otra cosa, que un viaje semi analógico ayudados por aplicaciones locales. Tienes el Booking a medio gas para buscar alojamiento, pero reservando in situ y las agencias locales  para posibles tours por la zona (escasas en Shanghái, frecuentes en Pekín). Con los vuelos internos ya no trabajan. Para horarios y precios de trenes, nos valemos de una utilísima aplicación llamada 12306. Pero eso sí, hay que llevarse todos estos recursos descargados desde casa.

          Nunca habíamos tenido un problema parecido en ningún país del mundo y lo peor es, que no veníamos preparados para ello, ni plan B. Evidentemente, durante nuestra estancia en China, no hemos podido subie videos o contenidos al blog.

viernes, 2 de enero de 2026

Templos, Navidad china y a Beijing

   

      Los chinos son muy pesados e inflexibles. Basta estar en el acceso de una visita turística para que un anuncio grabado te repita un mensaje corto - en chino, claro-, constantemente. O vas al banco a cambiar dinero y sin haber más clientes, tardan más de media hora en hacer el canje, porque reiteran los mismos procedimientos absurdos veinte veces (te hacen hasta una foto).
   
          Pero, eso sí. Hay, que reconocerles un espíritu práctico muy agudo. Aunque a veces nos parezca raro algo, porque no estamos acostumbrados, al final reconoces, que lo hacen mejor, que nosotros.
 
          Es el caso de la impecable gestión de las colas, de los traductores telefónicos de la policía y de la rapidez en la gestión de la nevada, que aún estaba por venir.

 

        Llega nuestro último día en Shanghái -nublado- pero no vamos a perder el tiempo. Llevamos a cabo el check out del hotel y nos toca estar todo el día con los bultos a cuestas. Arrancamos por un bonito y pacífico canal con edificios de aluvión. Después, una sucesión de eternas e inexpugnables avenidas nos llevan hasta el magnífico templo del Buda de Jade. Uno de los más bonitos, que hemos visto en China -no hay tantos, porque fueron destruidos- y ademas, -rarisimo-, es gratis.

          Nos vamos camino de otro santuario  y aparece un Aldi, que es lo más similar hasta ahora, que hemos visto a un supermercado europeo. Compramos varios perecederos a punto de caducar, con un 30% de descuento.

 

        El trayecto está plagado de centros comerciales con música y adornos navideños, donde se ubican la mayoría de las tiendas internacionales. Salvo esto, no hemos visto mucho ambiente de Pascua. Si, algunas luces -a veces, junto a farolillos- que tiene pinta, que están puestas todo el año. El templo Jiang 'An por fuera es bonito y está situado junto a un animado barrio con algunas calles peatonales y un extraordinario mercado con degustaciones de comida y dulces.

          No entramos. En China para compras en general  y pagar se utiliza Alipay y debes tener cuenta en el país. Y, para adquirir las entradas a monumentos, se usa una aplicación, llamada webchat, que solo está en su idioma y  debes tener un padrino chino. No se muestran muy ilusionados por ayudarte. Ellos siempre a lo suyo, porque para cuatro guiris, que visitamos el país...

          Estamos andando, como tontos  y vamos ya  por los cuarenta y cinco mil pasos. Cuando llegamos a la calle peatonal ya está anocheciendo. Gran decepción en el Bund, porque la antena de la televisión no está iluminada.


          A la estación de tren vamos en el metro. Son solo tres paradas. Flipamos, al darnos cuenta, de que estamos accediendo  por la boca número 20 de la Plaza del Pueblo. ¡Aquí, no todo a lo grande, sino a lo enorme!

          El acceso al tren se hace, como sigue: pasas el billete por el lector del torno -como en el aeropuerto - y te dan acceso. Los extranjeros, sin ID china, debemos hacerlo manualmente. Después, control de equipajes no muy exigente. Las pantallas te redirigen  a tu número de sala de espera -hay tropecientas- y allí aguardas a qué nuevamente, te lea una máquina, el billete y tú DNI o pasaporte (los guiris, de nuevo, manualmente).

jueves, 1 de enero de 2026

Día de objetivos cumplidos, en Shanghái

 


         Si. Una vez más, se obró el milagro, cuando ya nos habíamos rendido. Volviendo por la misma calle y con resignación, aparece de la nada un discreto, pero efectivo hotel, donde solo nos piden 198 yuanes. Ni lo dudamos.

          La habitación resulta perfecta, con dos camas, baño propio con agua caliente, televisión, hervidor de agua para sopas e infusiones y wifi (ya hablaremos de este apartado en un post posterior, porque aquí la censura es brutal e indisimulada), además de todos los artículos de aseo necesarios. Y, sin cruzar la calle siquiera, un super muy bien abastecido.

 


        Nuestro primer día en China no ha sido indiferente, a pesar de haber estado hace tiempo. Nada nuevo, pero sí, resurgimiento de recuerdos: el apestoso olor de la comida más tradicional y básica -te vas acostumbrando con el paso de los dias a esos calduverios-: los omnipresentes baños públicos gratuitos y limpios por todas partes; las hileras de plástico duro, que hacen de puerta móvil en los negocios -molestos, pero efectivos -; el constante griterío con megáfonos y sin ellos; el que te cobren por todo, aunque a veces sean cantidades ridículas hasta por lo más absurdo.

          Comienza nuestro segundo día en Shanghái y nuevamente, hace sol, astro, que no vimos en todo nuestro primer viaje. Nuestros objetivos para hoy son más modestos: recorrer entera la calle peatonal, abarcar el larguísimo Bund y encontrar la estación de trenes para comprar los billetes a Beijing, para mañana por la noche, si no están los convoyes  completos.

 


        Lo primero es muy sencillo, aunque es peatonal a medias, porque las calles, que lo cruzan son una locura de tráfico, sobre todo de las malditas e irrespetuosas motos eléctricas, , que tanto estrés y peligro nos  generan.

          En el Bund no circula tráfico alguno y por eso es una gozada. Al otro lado del río se divisan numerosos edificios de altura, capitaneados por la famosa torre de comunicación (la Perla de Oriente). Son veinte kilómetros de paseo, hacia un lado y el otro. Para la izquierda, el camino es bonito, atractivo y corto. Para la derecha, es eterno, finaliza con un puente y con los antiguos pabellones de la Expo del Agua de 2010, hasta los que no llegamos, a pesar de intentarlo.

 


        Y lo de los billetes, pues como siempre, en el alambre. Nervios al principio, porque queremos reservar con poco tiempo y porque aquí viaja mucha gente. Luego, pánico, al constatar el salvaje caos de tráfico en los alrededores de la estación principal.

   


      Y, finalmente, regocijo brutal al ver, que en la terminal no hay casi nadie, que si nos atienden en inglés - te mandan a la ventanilla del anglofon@-, que tenemos todas las plazas, que queramos y que podemos pagar con tarjeta (solo en determinadas taquillas).

          Así, que anocheciendo -son las cinco de la tarde- y eufóricos volveremos al hotel, a darnos a la cerveza y a lo que haga falta.

El feliz reencuentro con Shanghái


           Son las nueve de la mañana, cuando descendemos del metro en la estación de Nanjing East, situada en la mitad de la calle peatonal más famosa del centro de Shanghái. Poco ha cambiado aquí en diecisiete años, aunque evidentemente si, algunos negocios hoy en auge. Ni más, ni menos, que cuatro tiendas de White Rabbit y una enorme de M&M's, donde se venden más complementos imaginativos de la marca, que las propias y famosas pastillas de chocolate.

          Toca organizarse, como siempre, que llegamos a un país (nuevo o no). Preguntamos en el primer hotel y quedamos muy sorprendidos: nos escriben, 116 yuanes la doble, precio casi imposible. Nos vamos corriendo al Banco de China -mejor tasa de todos, siendo casi la oficial -, ubicado en la Plaza del Pueblo. Y cuando volvemos, ya se han arrepentido, más bien, el empleado se había equivocado y son 650. ¡Bajonazo!

 


        Seguimos buscando en otros de la zona y en el más económico nos piden 300 (de ahí, hasta 2500).

          Decidimos, marcharnos al famoso barrio de los jardines Yu Yu An y nos equivocamos estrepitosamente de camino, haciéndolo mucho más largo. Son bastante históricas nuestras carajas y cagadas, durante los primeros días de viaje.

          Tampoco ha cambiado mucho este turístico barrio, aunque se echa de menos al Snack Temple, ese glorioso restaurante, donde mejor hemos comido en China. Ahora, hay un patio de comidas más vulgares y grasientas (mucho rebozado).

 


        Mucho turismo interior y escasos guiris, en esta zona antigua de casas de madera con tejados chinos, el absorbente y fantástico lago, un par de interesantes templos y decenas de tiendas de casi todo para los visitantes, animados por los gritos agudos de sus dependientas y con músicas estridentes y achinadas.

          Regresamos y nos topamos con la primera tienda de alcohol y cervezas, a precios de risa. ¡Otro asunto solucionado!. Comemos algo.


          Para sorpresa de muchos, Shanghái es una ciudad peligrosa, porque abundan las bicicletas y sobre todo los coches y las motos eléctricas. Estás suponen el mayor y grave problema de la ciudad, dado que se saltan todas las normas de tráfico, no respetando los semáforos, los cruces, las direcciones y circulando a gran velocidad a través de las aceras.

        Otros agobios proviene de los anchisimos y constantes cruces y de la duración de los semáforos en rojo, que llegan hasta los cuatro minutos. Sin embargo, parecen haber mejorado mucho en materia de contaminación y accesibilidad, con todas las escaleras señalizadas con franjas amarillas.


          Queremos llegar andando hasta la alejada estación de trenes, cruzando el río, pero a mitad de camino estamos muy cansados, no hay hoteles por aquí y las aceras son estrechas e irregulares. Con mucho pesar, por tener, que deshacer el camino, para alojarnos en el hotel de 300 del centro. Pero como otras tantas veces, Dios se nos termina apareciendo.

Aterrizando tras casi catorce horas y entrando en China

 

        Nuestro primer viaje a China, en 2009, fue tan fascinante, como duro en sus preparativos. Trato muy difícil con webs, portales y compañías aéreas nacionales y sobre todo,  la consecución del visado -35€, dos entradas -, más los gastos de cuatro viajes en tren, a Madrid y dos noches de hotel para entregar la documentación y recoger la puñetera pegatina.

          La segunda ocasión, hace ocho años resultó estresante. Más de tres horas de cola en el tránsito  de Shanghái, para lograr un permiso de 72 horas. Veníamos  de Taiwán con una compañía china y debíamos salir para tomar el vuelo de Iberia a la capital de España.

 

        Hoy, con la exención de visado para 30 días, está siendo todo coser y cantar.

          En el vuelo de Air France nos han entregado un sencillo cuestionario, que desde noviembre pasado, también se puede cumplimentar por internet, previamente, al viaje. No hay demasiada cola y la máquina de control de pasaportes nos ha atendido en español: cuatro dedos de la mano izquierda, después los de la derecha y juntos  los dos pulgares. Sello pequeño y ¡para adentro!.

 

        Enseguida, nos están asediando los vendedores de tarjetas SIM locales, wifi de bolsillo y demás. Tiran a caras y decidimos, que esperaremos a llegar al centro para comprar una, a pesar de que en el último viaje a India, solo las vimos en los aeropuertos y no en todos.

          Hoy toca dormir en esta terminal 1 de Pudong, porque son las ocho de la tarde y no tenemos ningún hotel reservado, porque no hemos querido arriesgarnos. Cuando amanezca, cogeremos la linea 2 del metro -solo siete yuanes-, que en menos de una hora nos dejará en pleno centro de la ciudad. Este tramo no existía, en 2009. Investigamos, si este eficiente transporte público se puede pagar con tarjeta de crédito y nos indican, que sí, colocándola en los propios tornos, a la salida y a la llegada.

 

        La consecuencia directa de esto es, que no cambiaremos un solo euro aquí, porque solo está el carero SPD, que ofrece una tasa horrible y además, cobra comisión.

          El aeropuerto de Pudong es un magnífico lugar para pasar la noche, porque todo son facilidades y comodidades. Nadie te pregunta por nada -como casi siempre en China- y para dormir existen numerosos sofás sin respaldo y si están llenos -cosa habitual- te tiras al suelo sin molestias.

 

        Pero no todo son buenas noticias, porque no hemos conseguido conectarnos al wifi aeroportuario. Debes meter el pasaporte en una máquina, que te entrega un código, pero a nosotros no nos ha funcionado. Así, que no podemos reservar hotel para mañana. Iremos a la aventura, como otras tantas veces.

          Es la tercera noche sin alojamiento, tras la de Barajas y el vuelo largo, pero a pesar de eso, dormimos genial, después de haber  cenado los restos de las comidas aéreas.