Habíamos pegado un buen volantazo y en tan solo un par de horas de toma de decisiones habíamos cambiado con éxito el rumbo de nuestro viaje semanasantero, después de hallarnos atrapados en el fango psicologico -además de la lluvia y el viento- de Cantabria y País Vasco. No nos arrepentimos, ni de haber hecho esos más de 800 kilómetros entre Bilbao y Granada, ni de la larga vuelta a casa, ni de solo haber pasado poco más de 24 horas en la siempre agradable Andalucía.
El domingo amaneció soleado y caluroso. Dejamos con mucha pereza la habitación del hotel y nos dirigimos por otro anodino camino a la estación de autobuses. Otra vez nos tocaba vehículo subcontratado y no de ALSA -Montijano-, pero al menos tenía tomas USB para cargar el móvil. Una cosa muy buena, que ha puesto en marcha la compañía de transportes asturiana es, mandarte un WhatsApp al celular, con el número de matrícula de tu autobús, unos minutos antes de la salida.
El amable conductor y antes de ocupar nuestras plazas ya nos advirtió, de que probablemente tomaríamos retraso sobre el tiempo de viaje previsto. No se equivocó.
Partimos en hora, a las diez de la mañana y todo iba sobre ruedas hasta llegar a La Carolina, donde sufrimos las primeras severas retenciones, aunque no las más serias del viaje. El tráfico también se ralentizó al cruzar Despeñaperros y sobre la una de la tarde paramos media hora a almorzar y a necesidades varias -era un bus sin baño- en un concurrido complejo de comidas de Almuradiel.
Estábamos ya en la tercera provincia más grande de España, después de Badajoz y Cáceres. La situación volvió a la normalidad, hasta que llegamos a Valdepeñas -pueblo donde yo pasé dos buenas semanas en 1997, haciendo un curso-, donde volvieron las desagradables y desesperantes retenciones.
Pero aun faltaba por llegar el premio gordo y eso ocurrió al atravesar Puerto Lapice, una localidad citada cuatro veces en Don Quijote de la Mancha y también famosa por sus casas blancas estilo manchego y su bello patrimonio. Nos hubiera gustado bajar a verla, en vez de tirarnos casi hora y media para recorrer cuatro kilómetros en el atranque más importante del día. No sabemos si Quijote y Sancho sufrieron algo parecido.
Nos temimos lo peor y no llegar a conectar con nuestro Media Distancia a Valladolid, por lo que tomamos un plan B, reservando billetes con ALSA para casi la media noche. En el mapa interactivo de la DGT, que vimos por internet, aparecían dos accidentes en esta zona, pero en la realidad, no contemplamos ninguno.
Al atravesar las afueras de Tembleque, ya en la provincia de Toledo, sufrimos el último amago de retenciones. Finalmente, llegamos a Méndez Álvaro con una hora y tres cuartos de retraso, en el único tramo con incidentes de todo nuestro periplo.
Faltaban casi cuatro horas para nuestro tren, así, que anulamos los billetes del ALSA. El día era muy caluroso en Madrid, así que nos sobraba toda nuestra pesada ropa. Pasamos por el Samplia de Gran Vía y de Callao para probar un par de ricas degustaciones, además de dar un largo paseo por el centro, como siempre, abarrotado de guiris.
Al arribar a la estación de Príncipe Pío, pudimos al fin resolver el problema del abono único y los Cercanías. En esta ocasión, la chica resultó muy diligente y nos llevó a la máquina a enseñarnos a vincular con el pin, el abono y la tarjeta física. No resulta nada complicado.
Era Domingo de Resurrección. En años pasados y con los bonos gratuitos, no habría habido billetes para tal día, dos o tres semanas atrás. Pero el tren iba vacío, al ser de pago y de precio poco competitivo con ALSA e incluso, con algunos AVE. Por eso, volveremos a pedir al gobierno, que se repiense la gratuidad de los transportes, que no tuvieron costes entre septiembre de 2022 y junio de 2025.
Más allá de la una de la madrugada, llegamos a casa, exhaustos.
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