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miércoles, 29 de abril de 2026

Arribando a Nador sin sobresaltos

           Son las siete de la tarde del 22 de abril, cuando llegamos a Madrid. Aún nos da tiempo a dar un largo paseo por el centro, dado que la climatología es muy generosa, rondando los 25 grados.

          El sábado anterior habíamos tenido problemas con los desagradables seguratas de Barajas, cuando tratábamos de acceder a la estación de autobuses de la T4 y hoy vamos -como quien dice- con el cuchillo entre los dientes para enfrentarnos a todo tipo de conflictos con energía y contundencia. Pero está vez los cancerberos están de mejor humor y ni nos ponen pegas, ni nos piden documentación alguna. Lamentablemente, el Adolfo Suárez se ha convertido en una lotería emocional y en un nido de abusos de autoridad y chulería, en pos de la supuesta seguridad de los viajeros. Y luego, algunos de nuestros  gobernantes ¡Van dando lecciones de democracia por el mundo!.

          Nuestro vuelo a Nador parte a las seis de la mañana. Son casi las tres, cuando entramos a la terminal 1 y decidimos, pasar de inmediato los controles para poder dormir algo dentro. A pesar de no haber casi nadie y estar bastante aburridos, los de los controles de seguridad no nos tocan demasiado las narices, como en otras ocasiones.

          Partimos en hora, en un avión con muchos asientos, libres y con un pasaje compuesto mayoritariamente por matrimonios mixtos -generalmente, ella española y él marroquí - y sus correspondientes vástagos. Me duermo, durante el cortísimo vuelo.

          En Nador no hace malo, pero el cielo se halla muy nublado y no tardará en empezar a llover, circunstancia, que se va a convertir en la mayor molestia del viaje, además del incesante viento, siempre presente en todas las costas marroquíes. El control de pasaportes y el acceso al país alauita resulta tedioso y lentísimo. Como ellos suelen decir: "prisa mata".

          Caminamos cuarto de hora hasta la rotonda de Al Aaroui y cogemos el autobús 22 -4 dirhams -, que nos deja en Zeluan. Aprovechamos para visitar su antigua kasbah del siglo XVII, que se encuentra en estado algo ruinoso, aunque los muros y las torres están bien. Acortamos el recorrido en su interior, dado que nos persigue a ladridos un enorme perro con cara de pocos amigos y mal carácter.

          Ahora toca tomar el bus 21 -sirve también el 26- para llegar a Nador. Lo primero es encontrar una oficina de cambio. El dirham se ha devaluado bastante en los últimos días y eso nos favorece. Lo segundo buscar un hotel y eso nos cuesta algo más. Hay decenas de ellos, pero en la mayoría nos piden demasiado dinero.

          Finalmente y por 120 dirhams, conseguimos una habitación doble con baño compartido. Es enorme, luminosa, limpia y disponemos de potente wifi. Están en obras de mejora y la propiedad resulta muy amable. Se trata del Hotel Parc  ubicado en la calle Ibn Roch.

          Nador es una ciudad sosa y algo abúlica, cuyo nivel de vida y armonía resultan bastante superiores a la media de Marruecos. Casi todos los negocios abren tarde y cierran bastante pronto. Esto último no es común al resto del país. Aquí, el porcentaje de personas, que hablan español resulta elevadísimo. No parece extraña la presencia de una sede del Instituto Cervantes, ubicada en el largo y bien pavimentado paseo marítimo.

          Destacan unas cuantas mezquitas, aunque ninguna es de relumbrón. Hay un mercado central de alimentación y una especie de centro comercial abierto con numerosas tiendas al estilo bazar marroquí. Nador no dispone de medina 

          La calle más animada es la de las FAR, con numerosos locales de comida rápida, donde degustar pollo asado, pescados y cefalópodos fritos y el típico bocata emblemático de la ciudad, ideado en 1964 por un restaurante, que todavía existe. Se trata de una baguette rellena de bonito, huevo cocido, mortadela de pollo -o queso- y patatas fritas con salsas diversas. Cada maestrillo le añade su toque personal: pepinillos, aceitunas, alcaparras... Se vende por unos diez dirhams en decenas de establecimientos.

          Otra calle importante de la ciudad es la Mohamed V con una zona central peatonal. Pero apenas tiene actividad y gente. A diferencia de la mayor parte de Marruecos, en Nador apenas existen puestos callejeros. No transitan turistas por las calles y los lugareños son tranquilos y amables, sin aspavientos, sobre escenificaciones y griteríos. Eso sí, tienen dos de las habilidades más características de los marroquíes: la zalamería exagerada y que si pueden, te la van a intentar colar.

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